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Cai: El fin o el eterno comienzo de un viaje

29 de julio de 2020

Hace un año que tengo estas palabras aplastando mi pecho. Me doy cuenta porque mientras intento escribirlas se me entrecorta el aire y se me hace un nudo en la garganta. Trato de esquivarlo buscando las fotos que van a acompañar el texto. Entro a la galería y empiezo a recorrer nuestra historia y me termino entregando al llanto.


Ella es CAI. La conocí cuando tenía dos meses. Mi hermana me mostró que la daban en adopción en un grupo de Facebook. Yo vivía sola y no me gustaban mucho los animales hasta entonces. Dudaba en adoptarla porque trabajaba mucho pero sentí que quería probar. Desde nuestro primer momento juntas, ella cambió todo en mí.  Convivir con ella me llevó a descubrir el amor incondicional.

Cuando decidí que quería vivir viajando, ella fue lo que más me costó dejar. Quería llevarla conmigo pero ni yo sabía cómo era viajar sola. Sentí que lo mejor era que se quedara en Buenos Aires hasta que pudiera buscarla, llevarla conmigo en la camioneta que algún día me compraría. Mi abuela Rosa se ofreció a cuidarla. Con toda la angustia que implica el desapego, la dejé en su casa. Mientras viajaba, entre ellas se formó un vínculo muy especial. Como si hubieran nacido para encontrarse. Se hicieron muy amigas. En dos años, muchas veces volví de mis viajes y ahí estaban ellas. Abuela le avisaba: “mirá que hoy vuelve Cami, Cai, y nos viene a ver”. 


Cai me esperaba.
Me reconocía.
Me llenaba de besos.
Jugaba conmigo.
Se subía a upa.
Ronroneaba encima.
Me mordía.
Me arañaba.
Comía mi pelo. 
Se dormía en mí.
Nos eternizábamos.
Mientras mi abuela me contaba todas las travesuras que se había mandado en mi ausencia.

Cai siempre viajó conmigo, porque la tengo tatuada y porque era parte de mí. A todas las personas que me crucé en mi viaje, le hablé de ella y de lo que me había costado dejarla. Las últimas semanas antes de volver a vivir unos meses a Buenos Aires, hice mi tercer nivel de reiki. Le conté a mi maestra que pretendía alquilar una casa en la ciudad pero que no iba a llevarme a Cai, que iba a dejarla viviendo con mi abuela. Me parecía totalmente injusto separarlas para trabajar todo el día y que tanto Cai como mi abue estuvieran solas. “Sé que la decisión la tomaste desde el amor. Hay algo por sanar en tu linaje paterno” me dijo mi maestra.


Cuatro días después volví a Buenos Aires. Esperaba reencontrarme con Cai como las anteriores veces. Papá y mis hermanas vinieron a visitarme. Estaban esperando a que volviera pero esta vez para darme la noticia: “Murió Cai”. Alcanzó a decirme papá y todos empezamos a llorar. 

Los pedidos de explicaciones me aplastaron el pecho ¿Por qué? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Qué pasó? ¿Por qué alguien pudo haberle hecho eso? ¿Por qué la lastimaron tanto? ¿Por qué no estuve para sostenerla en sus últimos momentos? ¿Por qué mi abuela tuvo que pasar por eso? ¿Por qué me duele tanto? ¿Esta es la forma en que tengo que sanar?


Todos esos interrogantes me llevaron a encontrar consuelo en el abrazo de mi familia, sobre todo en el de mi abuela. Y así, pude comprender que no hay nada “malo” en la muerte. Que es la forma de concebirla la que nos angustia.  La muerte es un ritual único, una ofrenda, una forma de entregarnos a la tierra por habernos dado lo más maravilloso de este mundo: la vida.

En definitiva, yo también morí desde que la conocí a Cai porque la vieja Camila que era antes de ella ya no existe más
Cai no es su muerte.
Cai es toda la vida que dejó en mí.
Es todo lo que aprendí gracias a ella
.
Cai es el amor que ahora siento por todos los animales.
Cai es la eterna gratitud a mi abuela Rosa por haberle entregado su tiempo, su corazón y un lugar en su casa.
Cai es la mano de mi hermana Maca que sostuvo sus patitas hasta su último respiro y sin saberlo me sostuvo a mí.
Cai es la incondicionalidad y la fortaleza de mi papá.
Cai es la compañía poderosa de mi hermana Ivana.
Cai es naturaleza, como todos nosotros y la naturaleza jamás muere. Se mete debajo de la tierra, se hace una con ella y se transforma.

En el jardín de mi hermana, donde ofrecimos su cuerpo a la tierra, dejé la medalla que un amigo me regaló el día que se la dejé a mi abuela (y me acompañó durante todo el viaje). También sobre su cuerpo plantamos un jazmín. Ese jazmín dio a luz a su primer pimpollo la semana que me fui de viaje otra vez a Bariloche. 

Cai abrió un portal de sabiduría en mí. Una utransformación en mi manera de comprender el paso por este mundo material.  Todos en este plano somos semillas de vida. Nos vamos sembrando en otros, nos vamos transformando. No somos el cuerpo, somos la esencia que brota. Porque el ciclo de la vida/muerte/vida es eterno, natural y sabio. Seguimos vivos porque todo se transforma en lo que damos. Y CAI fue semilla de amor incondicional y transformación en mí.  Esta viva en mí y en todo lo que hago. Honro que su espíritu se haya liberado y hoy también sea estas palabras.

Hace un año atrás yo estaba en Capilla del Monte y Maca, Ivi, papá y la abuela corrían por salvarle la vida a Cai después de lo que le hicieron en la calle. Quiero darles las GRACIAS por todo lo que hicieron por nosotras de la mejor manera que sé: volviéndome una con la escritura.

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